Ambos escritores fueron considerados rebeldes de su generación, Bolaño por su instrucción informal y excentricidad literaria y Lemebel por su prosa ácida, agresiva y la manera disidente de vivir su sexualidad. Uno viajó por todo el mundo, cultivando un amplio universo ficticio que fue articulando en sus novelas y cuentos; el otro se quedó en Chile escribiendo sin parar crónicas de la vida urbana marginal que vivía, buscando alzar la voz en un mundo donde el respeto era entregado a los que usaban de traje y corbata y no tacos y maquillaje. Hoy, los dos muertos, su legado literario se ha convertido en un referente para las nuevas generaciones.

Roberto Bolaño Ávalos nació en Santiago el 28 de abril de 1953 y murió el 15 de julio de 2003 en Barcelona, España, producto de una enfermedad hepática. Se crió en Chile, se fue en la temprana adultez a México, donde experimentó la bohemia y fundó el movimiento infrarrealista con poetas locales. No terminó la enseñanza media ni ingresó a la universidad. Volvió a Chile justo para el Golpe de Estado de Pinochet, donde fue retenido por ocho días hasta que salió del país. Volvió a México, coqueteó con la política, pero quedó desencantado con la izquierda y luego vagó por Europa durante años, estableciéndose en España, donde residiría casi toda su vida adulta. Rechazado en múltiples ocasiones por las editoriales, siguió insistiendo, hasta que comenzó a alcanzar notoriedad en los noventa, década donde escribió la mayoría de su obra literaria. Volvió a Chile después de veinticinco años sin pisar el país, reencontrándose con un lugar que llevaba apenas una década sin dictadura y al volver a Europa pasó sus últimos días entre el hospital y su residencia española, acompañado de su familia, dejando un grueso legado de novelas, cuentos, poesías y varios trabajos inconclusos.

Pedro Mardones Lemebel nació el 21 de noviembre de 1952 en Santiago y murió en la misma ciudad el 23 de enero de 2015, de un cáncer a la garganta. Fue criado en el Zanjón de la Aguada, estudió en un liceo industrial que enseñaba metalurgia y mueblería, luego se tituló como profesor de Artes Plásticas de la Universidad de Chile. Fue a talleres literarios que despertaron su interés por los cuentos. Lo despidieron de los colegios donde hacía clases por su poca disimulada homosexualidad y decidió no enseñar más, dedicándose a la escritura. Lo acogieron escritoras feministas que lo introdujeron al canon de la época y luego, cuando militó en el Partido Comunista, se vio enfrentado a más prejuicios por su sexualidad, debido, irónicamente, al conservadurismo dentro del partido. Aparte de escribir se dedicó a la performance, integrando el dúo “Las Yeguas del Apocalipsis”, junto con Francisco Casas. En los noventa ganó popularidad, publicando varias crónicas y conduciendo un programa de radio. En el 2001 publicó su primera y única novela, siguiendo activo hasta su muerte.

Los escritores se conocieron por cartas. Bolaño contactó a Lemebel, impresionado por su escritura, lo convenció de que editara en el extranjero y logró que lo publicaran en Anagrama, editorial española. Mantuvieron una relación epistolar regular y cuando Bolaño llegó a Chile en 1999 para participar de la Feria Internacional del Libro de ese año, Lemebel lo entrevistó para Radio Tierra. En la primera parte de la entrevista conversaron un poco de sus vidas y de cómo estaba cambiando la literatura del país. Bolaño luego habló del hibridaje de géneros literarios presente en las nuevas generaciones de escritores y Lemebel comentó que la crónica era un género bastardo, territorio escritural donde es considerado un maestro.

Después llegó Raquel Olea, crítica literaria amiga de Lemebel, quién tuvo encontronazos con Bolaño al evidenciarse el academicismo de ella y el resentimiento de él hacia el oficialismo universitario. Además, se perfilan las personalidades de los dos escritores, Bolaño un tipo taciturno, apasionado y malas pulgas si dicen algo que no le gusta y Lemebel, alegre, filoso, lúcido y conciliador entre dos posturas que no están dispuestas a ceder. Ambos escritores, además, escribieron sobre la dictadura e, incluso, sobre el mismo caso: Mariana Callejas, agente de la DINA y escritora, esposa de Michael Townly, agente de la CIA al que se le atribuyen los asesinatos de Orlando Letelier y Carlos Prats. Ambos escritores se centran en las torturas que se cometían en el sótano de la casa de la pareja, mientras en el salón se celebraban tertulias literarias, con la música fuerte para apagar los gritos. Lemebel escribió la crónica Las orquídeas negras de Mariana Callejas (o «el Centro Cultural de la Dina«), donde describe descarnadamente la morbosa relación que tenían Callejas y Townly con la violencia y la literatura y Bolaño escribió la novela Nocturno de Chile (originalmente titulada Tormenta de mierda), donde narra la historia satírica de un clérigo Opus Dei (basado en un personaje real) que asistía a estas veladas y daba clases de marxismo a Pinochet, aunque cambia los nombres. Los dos escritores, con estilos muy distintos, deciden reflejar la desoladora realidad que afectó a Chile, donde la gente comentaba novelas y textos filosóficos, mientras bajo sus pies prisioneros políticos enfrentaban la picana y los electrochoques.

La prosa de Bolaño es frenética, sin adornos y fue creciendo tanto en complejidad como en ambición a medida que el escritor envejeció. Sus primeros textos eran intentos de novelas policiales que no llevaban a ningún lado, crímenes que no eran crímenes, con personajes planos y tramas intrascendentes. Esto comenzó a cambiar cuando escribió La literatura nazi en América, publicada en 1996, donde compone una novela hecha de cuentos sobre distintos escritores y escritoras ficticios de toda América, desde Estados Unidos hasta Argentina, que coquetean con ideologías totalitarias. Este es el primer esbozo del Bolaño irónico, alocado y enciclopédico en el que se iría transformando gradualmente. Los personajes que relata son oscuros, turbios y culminan con el relato más largo del conjunto, Ramírez Hoffman, el infame, una historia sobre un piloto de la FACh y torturador que escribe poemas en el cielo con el humo de una avioneta y hace exposiciones con las fotos de las personas que mata. Dos años después, en 1998, Bolaño publicó Los detectives salvajes, una novela río de más de seiscientas páginas donde el escritor cuenta de manera ficticia la creación del infrarrealismo (realismo visceral en la novela), el movimiento literario que fundó junto a Mario Santiago Papasquiaro y varios poetas más. Bolaño se oculta bajo el sobrenombre de Arturo Belano, a Mario Santiago le pone Ulises Lima y adentra al lector a un laberinto de personajes de distintas nacionalidades que van describiendo, a modo de entrevistas, las desventuras que van teniendo los protagonistas durante veinte años. Cabe destacar la facilidad narrativa que tiene Bolaño para inventar historias que sirven de telón de fondo para la aparición de Belano y Lima y la rica cantidad de modismos en español que es capaz de desplegar, ya que los personajes que narran son, en su mayoría, de todas partes de Latinoamérica. Sin embargo, la que es considerara como la mayor obra de Bolaño es 2666, publicada póstumamente en 2004, donde el escritor habla de las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez (Santa Teresa en la novela), los crímenes de guerra nazi y un escritor alemán como catalizadores del turbulento siglo veinte, donde la crueldad humana se extiende desde Europa hasta México y confluyen muchos personajes, temas y anécdotas. Confluyen escenas de sexo, conversaciones de poesía y situaciones extrañas que se dibujan y se desdibujan, detalles que parecen importantes y a la vez no. Surrealismo escrito como realismo. Una novela de más de mil páginas, donde ninguna trama se cierra realmente y resume sus más grandes obsesiones: la violencia, la literatura y la experiencia humana, no como el gran relato de una persona, a lo Proust, sino un torrente interminable de vidas abiertas que sólo acaban con la muerte y no con el final de un párrafo, capítulo o libro.

Lemebel escribe como si diera puñaladas con una navaja. Sus frases son cortas, directas, violentas, sarcásticas, repletas de chilenismos que volverían loco a un traductor. Nunca quiso escribir algo gigantesco, sus crónicas eran de dos o tres carillas, no necesitaba el maximalismo de novecientas páginas y doscientos personajes para decir lo que tenía que decir. La mayoría de sus crónicas las escribía para leerlas en su programa de radio y luego eran recopiladas en diversos libros. En De perlas y cicatrices, recopilación publicada en 1998, Lemebel ataca sin piedad a la farándula chilena, burlándose del Festival de Viña, de Cecilia Bolocco, Miriam Hernández, y de Don Francisco, entre otros, llamando a la Teletónesa odiosa teleserie de minusválidos gateando para que la Coca Cola les tire unas sillas de ruedas. No basta la emoción colectiva, ni la honestidad de las cristianas intenciones, ni el sentimentalismo piadoso para justificar la humillación disfrazada de colecta solidaria.” Rescata a Los Prisioneros, a Carmen Gloria Quintana, a la secretaria de Allende, a los detenidos desaparecidos, todo escrito con su pluma coloquial, precisa, llamándose orgulloso un marica y una loca. Por la misma línea sigue Zanjón de la Aguada, recopilación publicada en 2003, que empieza con una crónica de la pobreza de su infancia y luego habla de los niños que se drogan en el cobijo de la noche, cadetes del servicio militar de homosexualidad no asumida que buscan cariño cuando los mandan lejos de casa, la noche de carrete en Valparaíso, las mujeres de las barras bravas, sus memorias de Gladys Marín, encuentros con Manu Chao y Silvio Rodríguez, el regreso de Pinochet a Chile, la ascensión al poder de Ricardo Lagos e, incluso, un hilarante relato donde va a un mall a comprarse un parche curita y se desquicia ante la ridícula burocracia comercial de esos lugares. Pero donde Lemebel lo da todo y se burla del mundo a carcajada limpia es en su novela Tengo miedo torero, publicada en 2001, donde una loca marginal se enamora de un guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su romance va escalando a medida que se acerca el atentado a Pinochet en 1986. Acá Lemebel critica los dos bandos, a los comunistas hipócritas que se enamoraban de las locas, pero no eran capaces de reconocerlo, poniendo la causa siempre antes que el corazón y al dictador Pinochet y su esposa, Lucía Hiriart, que son dos personajes centrales de la novela y no los retrata como una poderosa pareja comandando un imperio de atrocidades, sino como dos viejos chochos, manchados y decrépitos. Un grito de rabia donde Lemebel expone todo el imaginario desde donde se construyó: la marginalidad, la izquierda herida y el conservadurismo que tanto lo quiso callar.

Bolaño y Lemebel, escritores, amigos, muy distintos, pero con el mismo espíritu rebelde. Bolaño, el que se instruyó solo, que siempre criticaba la academia y dedicó su vida a la poesía que nunca pudo encapsular, buscando con cada vez más ansias a través de la literatura ese algo que se le escapó hasta la muerte. Lemebel, el que escribía de lo que veía y sentía, de las cosas de las que no es bonito escribir, las que hacen daño y ponen incómodo, con los pies bien puestos en la tierra que pisaba, siempre consecuente de dónde venía y quiénes lo acompañaron en el camino. Uno se fue a viajar por el mundo y su literatura era una quimera deforme y desatada, una mezcla de estilos, nacionalidades y temáticas. El otro se quedó en Chile y desarrolló su prosa como una criatura salvaje, construida con el lenguaje de Chile, con la desfiguración de las palabras, los insultos que nos decimos día a día. El maquinista de novelas desbordantes con centenares de páginas y el preciso espadachín que, con muchas menos palabras, metía el mismo ruido, abría heridas igual de profundas. Cada uno con un estilo personal y marcado, se respetaban mutuamente y fueron dos de los últimos grandes escritores de una generación que ya está viendo su ocaso y que dejó su legado para que las nuevas plumas continúen escribiendo sobre los problemas y rencores del presente.

Fuente: Resumen

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