“Momento señores, si esta no es película, no radioteatro, ni teleserie la cosa, esto es real. Se abrió la tierra, se tragó unas personas, pero es real, no es nada película la cosita, como los actores de Hollywood, no po’, hay que ser realistas. Entonces eso es a grosso modo lo que le puedo contar de una de las tragedias más grandes que ha asolado el sistema” (Dennis García, Corral, Valdivia, enero de 2007)

Hoy se cumplen 60 años de ocurrido el mayor terremoto registrado en la historia: con una magnitud de momento de 9,5 MW (o mayor) el llamado «Terremoto y maremoto de Valdivia». Se trató, además de un sismo que moldeó la zona en donde éste afectó, no solo por su destrucción y cambios geográficos que generó, sino por las pérdidas humanas, por cómo se fijó en la memoria de sus sobrevivientes, y cómo modificó relaciones sociales y económicas en algunas de las zonas afectadas. Para todas y todos que lo padecieron, la vida no volvió a ser la misma.

Entendiendo lo soprendente de la fuerza del sismo

Para ponerlo en términos objetivos comparables, la energía liberada de este gran cataclismo es equiparable a 89 veces todo el arsenal nuclear existente más todas las detonaciones nucleares realizadas tanto en pruebas como en enfrentamientos bélicos. Para compararlo con nuestra historia reciente, el sismo equivalió a 25 veces la energía liberada del terremoto del 27/F en el 2010. El tsunami producido por el desplazamiento de las placas tectónicas en el suelo marino chileno generó una fractura de alrededor de 1.000 kilómetros e hizo descender la altitud de zonas costeras hasta 1,5 metros: canchas de fútbol, bosques y plazas quedaron para siempre sumergidas en el mar producto del descenso de la Placa Sudamericana.

Las olas del maremoto viajaron por todo el Océano Pacífico generando destrucción en la Polinesia e incluso en Japón.

Y en términos subjetivos puede llegar a verse mucho peor. Para la escala de Mercalli (que anteriormente registraba la intensidad, esto es el grado de destrucción y la percepción de los sismos), el Terremoto de Valdivia llegó a la escala del XII, catalogada de “catastrófica”, que en su descripción señala lo siguiente: “Destrucción total con pocos supervivientes. Los objetos saltan al aire. Los niveles y perspectivas quedan distorsionados. Imposibilidad de mantenerse en pie”. Y de acuerdo a los relatos y testimonios que me tocó recabar cuando investigué históricamente este sismo, se habla de 10 minutos de movimiento telúrico casi ininterrumpido. Imaginarse eso es casi imposible, mas fue real.

Una cronología de la tragedia desde la experiencia de sobrevivientes

Tal vez la primera enseñanza que nos deja la experiencia de esta catástrofe, es que tras un gran sismo sí puede venir otro más grande. Y es que el primer terremoto no fue ni cerca de Valdivia ni tampoco el 22 de mayo, fue un día antes, a las 6 de la mañana, con epicentro en la zona de Cañete, y con una magnitud de 8,3 MW que de por sí ya fue destructivo, tanto que terminó por frustrar la histórica marcha y protesta de los mineros de Lota a Concepción, en búsqueda de mejores condiciones laborales.

Este mismo terremoto tuvo dos réplicas de gran magnitud: de 7,1 MW (6:30 AM) y 7,8 MW (2:56 PM), ambos con epicentro en la actual Región de la Araucanía. Sin embargo, lo peor estaba por venir.

Al día siguiente, en el domingo 22 de mayo de 1960, nadie se imaginaba lo que estaba por suceder. En Valdivia ya se comentaba lo ocurrido en Concepción e incluso algunos ya se dirigían a la ciudad a buscar familiares y seres queridos, pues a pesar de haber sentido los tres sismos del 21 de mayo, no hubo mayor destrucción.

Pero a las 3:11 PM de ese día, ocurrió lo inesperado. Un terremoto de una magnitud literalmente incalculable para esa época (la escala de Richter usada en ese entonces no contemplaba sino hasta el 9), con epicentro en las costas Provincia de Arauco frente a la Isla Mocha (otros lo sitúan en el lago Lleu Lleu) liberó por el transcurso de 10 minutos toda su fuerza destructiva.

Afortunadamente, y según constatan relatos de los sobrevivientes recabados entre el 2007 al 2009, el sismo no se hizo sentir inmediatamente con toda su fuerza, lo que permitió a las personas salir de sus hogares, lanzar los braseros a la calle y otras tantas medidas que impidieron una cantidad mayor de pérdidas humanas.

A las afueras, sin embargo, el espectáculo es difícil de imaginar. 10 minutos sin poderse poner de pie, viendo cómo las perspectivas se distorsionaban producto de la liquefacción del suelo (se ven y hay olas en la misma tierra), todo se derrumbaba y se abrían sendas grietas tanto en la tierra como en el pavimiento, eso sin contemplar el sonido producido por todo ese movimiento y destrucción.

El terremoto en sí fue espantoso. Nosotros andábamos con un hermano en el campo, a caballo… No se sujetaban, nosotros tuvimos que bajarnos de los caballos, y tomarnos fuertemente de los brazos, para no caernos nosotros mismos. La tierra ondulaba, yo pensaba: “¿En qué momento se abre la tierra, y nos traga?” (Adolfo Figueroa, Lago Riñihue, Febrero 2007)

Grietas, en la tierra, sí. Si nosotros sobre el mismo susto las saltábamos no más. Pa que hubiera caído uno al medio, se pierde pa siempre. Si eran unas grietas grandes, anchas. Deben haber sido unos tres metros (…) No, si pa abajo se veía como oscuro, no se veía profundidad. (Genaro, Lago Riñihue, Febrero 2007)

“La tierra se abrió, había que saltar, porque la tierra se abría y se cerraba, se abría y se cerraba” (Don Ciprinao, Niebla, Enero 2007)

En la ciudad misma de Valdivia, los relatos hablan de casas moviéndose dos metros de un lado para el otro, del Hospital Regional curvándose a tal punto de acercar sus paredes al suelo. Todos testimonios que parecen imposibles a nuestra razón.

Pero fue en la zona costera donde, minutos más tarde ocurrió lo peor. Tres grandes marejadas con olas de hasta 20 metros desolaron las costas desde Arauco hasta Chiloé, siendo Corral, Niebla y Puerto Saavedra las localidades más afectadas. Había pasado alrededor de un siglo desde el anterior tsunami en dichas costas por lo que las personas que las habitaban no estaban al tanto de lo que podía ocurrir, salvo las comunidades mapuche, que con el relato ancestral de Ten Ten y Cai Cai Vilú, tuvieron una guía para reaccionar y ponerse a salvo en las colinas aledañas.

En Corral y Niebla, los sobrevivientes reconocen haber tenido suerte, habiendo pasado horas en el mar sobre un escombro que flotaba, o habiéndose aferrado con todas las fuerzas posibles de una mata de quilas en la ladera de un cerro, mientras la mar arremetía. Luego, muchos sobrevivieron comiendo lo que los barcos destruidos y varados dejaron en las orillas del mar y del Río Valdivia.

Yo era el único compadre que andaba en la inmensidad del mar, pura muerte a los alrededores, muerte y desolación, muerte, muerte, muerte y desolación. Yo era el único compadre que andaba en el mar. La gente me veía si po’, (…) en la inmensidad del mar, uno más de los 20, 30 mil que iban a morir. Y qué, si murió, se murió po’ nomás, que le vai a hacer. Y ahí le hice la peleíta, después me subí arriba de un techo, me costó si po’, una hora, dos horas pa’ subirme arriba de un techo, no ve que ya la hipotermia me estaba derritiendo las piernas, muchas horas en el agua, y el agua aquí es helada, helada tipo la Antártica si, o sea las piernas no se sienten, no se siente aquí el torso, que, no se sienten los brazos, así es la muerte. Después uno ya no tiene fuerza pa’ agarrarse de nada. Y ahí me subí arriba de un techo, y en el techo, afortunadamente después que pasaron las horas, dio en el muelle viejo que había ahí, que era una de escombros, chatarra y, lo que era un muelle po’, pero un muelle hecho mil pedazos, y ahí logré salir. Pero me costó pa’ salir, desde el techo me costó” (Dennis García, Corral, enero de 2007)

Pesqué la vela, y la dejé en el bote. Y había una corvina grande en el bote, yo dije: ‘me voy a llevar estas corvinas’. De repente me gritan de la pampa, nos gritan: ‘Oye caco, arranca’-me dijo- ‘viene la tremenda mar’. Oye, cuando miro pa’ atrás, veo que viene esa tremenda, después que estaba tan calmadita, nada, nada, estaba como el río Valdivia le digo, ni se movía, nada. ¿Y cómo vino esa mar?, vino otra vez. Oiga, y pesco la corvina yo, pesco lo que vi, y arranqué, arranqué con la corvina pa’ comer, dije yo, si no tenemos qué comer. Entonces me gritaron de arriba: ‘¡Suelta esa corvina!’, me echaron la grande, por el cuento de la corvina. No la solté, obligado tuve que soltarla porque la mar en cualquier minuto, mientas miré la altura que traía por la orilla, y alcancé a agarrarme en una mata de quilas. Me agarré en la mata de quilas, y la mata de quilas ‘paf’, pencazo arriba, mis patas iban de allá pa acá. Cuando la mata de quilas se le afloje las raíces ahí mismo me deja, muero ahí mismo. Por la mata de quilas me salvé. Y ahí los cabros llegaron corriendo y me tiraron unos cordeles y ahí me agarré, y me fueron arrastrando pa’ arriba (Marcos Rodas, Niebla, febrero de 2007)

Hacia la cordillera, las cosas tampoco fueron fáciles. A las orillas del Río Riñihue, donde nace el torrentoso Río San Pedro (que más abajo se llama Calle Calle y Valdivia), tres tremendos aludes taparon el desagüe del lago hacia el río. Esto vino a recordar a algunos lo que había relatado el cronista español Pedro Mariño de Lobera, en donde una situación igual en el terremoto de 1575 había inundado por completo la ciudad de Valdivia, por lo que enviaron a equipos de ENDESA (en ese tiempo una empresa pública), CORFO y el MOP a intentar evitar una inminente tragedia. Mientras tanto el Lago Riñihue subía y subía, haciendo desaparecer a las casas más bajas.

Don Adolfo, habitante de una de aquellas viviendas en la costa, nos cuenta un relato casi extraordinario:

Les voy a contar una cosa que es inaudita. Yo anduve en bote aquí, adentro de mi casa. Porque pude entrar por aquí po’, me mete en el bote ¿no es cierto? No iba a entrar remando. Empujando. El agua estaba hasta por aquí [señala un poco más alto que las ventanas], así que entré. Este era un living comedor inmenso que teníamos. Así que anduve en bote adentro de mi casa. Ahora siento no haber tomado la precaución de que alguien me hubiera tomado una foto, porque eso es increíble (…) Andar en bote adentro de una casa, no lo ha hecho nadie en el mundo (Adolfo Figueroa, Lago Riñihue, febrero de 2007)

El lago continuó subiendo y la tensión en Valdivia (para nada alivianada por la alarmista prensa local), subía a la par de los millones de metros cúbicos de agua que se acumulaban diariamente. Esto duró hasta que el 23 de junio de ese año, finalmente se logra destrabar el taco más grande, permitiendo hacer que el agua se liberara con un gran caudal, pero no tan destructivo como se pensaba que hubiese ocurrido sin la intervención humana. Se trató de un enorme logro y trabajo, dirigido por el ingeniero Raúl Sáez, pero cuya concreción fue gracias a los trabajadores en la faena, que tuvieron que mover a pulso las toneladas de barro, con el reloj en contra antes de que el lago se rebalse. Día y noches de trabajo, de penurias, de sudor y de sangre.

No, eso era puro barro allá, barro, troncos, piedras, y eso era lo que no podían sacar. Porque es un barro que meten la pala uno y se pega la pala (…) tenían que ir por piso, pa’ que el otro vaya sacudiéndole la pala al otro, y ese tirándole al otro y así. (Genaro, Lago Riñihue, febrero de 2007)

Invierno, tierra removida, tal como decía usted, formó un lodazar. Entraba un tractor a trabajar, quedaba enterrado, venía otro a sacarlo, enterrado. Y así una cadena de tractores enterrados. (Adolfo Figueroa, Lago Riñihue, febrero de 2007)

Desde la memoria

Luego de este terremoto se creó la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (ONEMI). Países como Estados Unidos y Japón desarrollaron sistemas de monitoreo de las marejadas para poder establecer alertas de tsunami, en el Pacífico. También se incentivó el llamado «Ejército de batas blancas» cubano (brigadas voluntarias de salud que prestan apoyo en distintas partes del mundo, como ahora en medio de la pandemia). Y también se desarrollaron más avances tanto científicos como de políticas públicas para evitar que catástrofes como éstas cobraran tantas vidas (las cifras más pesimistas hablan de 7 mil muertos entre terremotos y tsunamis).

Sin embargo, y siendo importante lo anterior, también este terremoto logró generar memoria, y las historias  que he presentado en este artículo son relatos que han sido socializados, conocidos, oídos por las comunidades en donde habitaron los sobrevivientes. Esos relatos, esas experiencias, quizás previeron a muchas y muchos a tomar resguardo en las costas, cuando en 2010 la misma ONEMI falló al no dar la alerta de tsunami, mientras otras localidades, que no tenían la memoria tan fresca y los relatos de un maremoto tan a flor de piel, vivieron la peor parte durante el 27F. De la misma manera que Marcos Rodas, Dennis García, don Cipriano se enfrentaron a un tsunami sin saber que venía, porque de la última vez que había ocurrido ya no quedaba nadie, ni ningún relato vivo. Es por ello, que 13 años más tarde de cuando lo socializaron con un estudiante de historia que estaba haciendo su tesis de grado, he sentido la importancia de volver a divulgar parte de sus experiencias para recordar estos hechos, desde sus subjetividades, y para recordar que no debemos olvidar el valor de la memoria, de la experiencia de quienes vivieron antes que nosotras y nosotros, para afrontar el presente, el futuro, y seguir adelante. Hoy más que nunca.

*Si te interesa, lee la tesis completa del terremoto y maremoto de Valdivia en este enlace: Recordando los grandes sismos de 1960. Hacia una historia de la memoria

Fuente: Resumen / Joaquín Hernández

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