Una mirada desde la resistencia y la memoria histórica para contrarrestrar el discurso de terror y miedo.

El mundo atraviesa una emergencia sanitaria generada por la epidemia del Covid-19, son tiempos de incertidumbre pero sobre todo de medidas de cuidado colectivo, particularmente de distanciamiento físico (no social). Tiempos en el que el llamado es a la solidaridad, a la calma y a la esperanza. Esto, no obstante, parece estar en las antípodas de la dinámica de lo visto en los últimos días para el caso salvadoreño.Desde el inicio de la emergencia, el gobierno de El Salvador, con Nayib Bukele al frente, ha promovido una serie de medidas políticas basadas en el miedo, el alarmismo, la improvisación y una tendencia hacia el autoritarismo. Ésta se expresa en la supresión de garantías constitucionales, mediante un decreto de Estado de excepción, aprobado por todos los partidos de derecha y que diversos organismos de derechos humanos han señalado como innecesario, pues el marco legal vigente que habilita el Estado de emergencia, da suficientes herramientas para atender la pandemia.

Fiel a la retórica mesiánica que le caracteriza desde su campaña presidencial, Nayib Bukele aprovecha esta nueva oportunidad para mostrarse a sí mismo como supuesto salvador de “un pueblo que no sabe cuidarse a sí mismo”. Bukele ha promovido una narrativa del enemigo interno alrededor de “estás conmigo o con el virus”, funcional a sus intereses de actuar sin oposición alguna en la toma del control total de la sociedad.Esta narrativa ha calado en un sector de la población que tras años de frustración con el sistema político acompaña y hace eco de posiciones autoritarias, manoduristas, con una base colonial y de un fascismo social/societal, en palabras de Boaventura Dos Santos, en que la sociedad se inserta en una constante dinámica de odio y enfrentamiento, incluso consigo misma, a través de nociones tales como: “Los salvadoreños no hacen caso si no es por palo”, “La gente es burra e inculta”, “El pueblo no tiene cultura y le falta educación”. Frente a estas nociones es que las fuerzas represivas, en especial el Ejército, se posicionan como las encargadas de “dirigir la crisis”.Al igual que ocurre en otros países, Bukele ha centrado su narrativa en la idea de una “guerra”, que en su caso ha trascendido incluso su uso metafórico para llegar a hablar de una “Tercera Guerra Mundial”. Pero a diferencia de lo que ocurre en otros lados, el “presidente millenial” ha puesto en el centro de su discurso la figura de un dios dispuesto a castigar a un pueblo desobediente. Así lo hizo el día 30 de marzo, luego del caos generado por la pésima logística para la entrega de subsidios, que acabó con romper la cuarentena por las aglomeraciones que provocó la poca información estatal, en que en una de sus publicaciones sentenció con un “Dios nos ampare. Aunque ya no sé si lo merecemos”.Esta doble narrativa alrededor de guerra y castigo divino tiene un efecto en la subjetividad y el imaginario colectivo. Para una región que tiene casi tres décadas de haber salido de una guerra, el impacto que genera es regresivo y rápidamente despierta los traumas psicosociales de un pasado no sanado. Hay quienes automáticamente entran en una lógica de “toque de queda” o “estado de sitio” que es reforzado con el pensamiento de que “cada quien tiene lo que se merece” o el miedo a los cuerpos represivos. Lo que se promueve desde la silla presidencial es un “sálvese quien pueda”, una lógica de ruptura de las relaciones comunitarias que cortan cualquier tipo de vínculo y de empatía con las personas más vulnerables en esta situación y con la comunidad en general. Esto debido a los tonos alarmantes con los que se maneja la pandemia sumado al protagonismo que tienen las fuerzas policiales y militares (lugar otorgado por la retórica estatal incluso antes del Covid-19), por encima de las autoridades de salud. Esto lo vimos cuando se registró el primer caso de contagio en la ciudad de Metapán, en que el “cordón sanitario” anunciado no era otra cosa que la presencia de militares.La denominada cuarentena domiciliar, como la han llamado, no hace foco en la necesidad de evitar el riesgo social que genera la aglomeración de personas y con ello el riesgo de contagio, sino que enuncia el lugar de encierro. Con todo esto nos damos cuenta que la respuesta de odio responsabilizando al pueblo, sin tener en cuentas las condiciones en las que viven muchas de las personas es una muestra más de las consecuencias de un manejo más punitivo que preventivo, y más atemorizante que informante. Para el gobierno, la salud ha dejado de ser una práctica comunitaria, con tareas de prevención, cuido y promoción, para convertirse en un mecanismo de control y centralización del poder.

Es por esto que vemos con preocupación la improvisación gubernamental respecto de medidas que representan la única opción para la supervivencia de muchas familias, como es la entrega de los $300 dólares. La información que comunicó Bukele, contradictoria , confusa y que generó aglomeraciones, yendo en contra de los propósitos de la cuarentena, pone en evidencia que gobierna un personaje que hace caso omiso de las condiciones materiales de gran parte de la población: el 57% trabaja en el mal llamado sector informal, según datos de la OIT. Para buena parte de la población éstas necesidades básicas no están satisfechas y además, la “política” desde Twitter, red al que solo el 10% de la población accede, dificulta la comunicación en tiempos de crisis con los sectores más vulnerables.

Resulta negacionista la constante categorización del pueblo salvadoreño como aquel incapaz de escribir su propia historia. Años de lucha nos legitiman para reconocernos como un pueblo que ha resistido genocidios, Tratados de Libre Comercio, migraciones forzadas, saqueos y extractivismo de empresas transnacionales. Además, y en épocas más recientes, desde las comunidades, organizaciones, iglesias y medios comunitarios se ha vencido a la minería a cielo abierto, celebrando el pasado el 29 de marzo el tercer aniversario de la firma de la Ley de Prohibición de la Minería Metálica.

Por lo tanto, hacemos un llamado a que como pueblo, que pone en práctica el ejercicio de la memoria, nos solidaricemos con los sectores más empobrecidos y golpeados históricamente y por esta pandemia en la actualidad. Rechacemos la persecución entre nosotros y nosotras y en cambio, construyamos el tejido social que garantice la vida digna y una salida colectiva de esta pandemia.

Fuente: https://www.facebook.com/notes/movimiento-centroamericano-2-marzo/salud-colectiva-para-vivir/2347480655544564/?__tn__=HH-R

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